¿Y usted desconfía del mercado?

Cada elección en el Perú toma el carácter de un plebiscito sobre el libre mercado y, de su resultado, depende que continuemos en esa senda o, como es común en la historia de nuestro país, movernos a una posición diametralmente opuesta.

 

Y si la historia reciente es un indicador confiable, en el 2021 tampoco el libre mercado la tendrá fácil. Las razones son muchas; pero principalmente, se derivan de una profunda desconfianza que tienen grandes sectores de nuestra población a este tipo de concepción en el funcionamiento del mercado.

 

¿Son injustos en su percepción?, no necesariamente, y presentaré algunos ejemplos de situaciones cotidianas, que refuerzan esa sensación de desconfianza.

 

La gasolina es un subproducto del petróleo, el cual siendo un commodity, está sujeto a vaivenes que no son controlables por los agentes locales. Es lógico pensar entonces, que, si sube el petróleo, la gasolina debe subir y viceversa. Sin embargo, la experiencia reciente, ha demostrado al consumidor, que la lógica sólo sigue una dirección: si sube el petróleo, automáticamente el precio que se paga por la gasolina en las estaciones de servicios se incrementa; pero si baja, lo contrario ya no ocurre. La razón invocada por los grifos en el caso de la elevación del precio, tiene que ver con el costo de reposición del combustible; pero para no reducir el precio, la razón cambia y ahora es que el inventario que tienen fue comprado a precios mayores y, por lo tanto, de reducir el precio, se enfrentarían a pérdidas. La falacia salta a la vista: el costo de reposición es el argumento válido y, por lo tanto, si sube el petróleo la gasolina debe incrementarse y si baja también esta última debe bajar.

 

Las concesiones es otro buen ejemplo. Hemos asistido repetidas veces a alzas inmediatas en el precio que cobran las empresas que reciben en concesión obras de infraestructura, y esto se hace a pesar que el ciudadano de a pie no percibe ninguna mejora que los diferencie frente a los servicios que, originalmente, brindaba el Estado. Muchas de estas empresas argumentan que lo hacen pues el contrato lo permite. Sin embargo, para ponerlo en perspectiva, lo anterior es como si yo comprase una empresa y les dijese a mis clientes: “oigan voy a venderles a futuro un producto de alta calidad; mientras tanto, les voy subiendo los precios del producto actual para hacer caja y ejecutar las inversiones a las que me he comprometido”. Me pregunto si eso me redituaría muchos clientes entre ustedes.

 

Los bancos también ponen su grano de arena en la percepción que tiene el ciudadano promedio sobre el libre mercado. El año pasado, el BCR disminuyó en repetidas oportunidades la tasa de referencia. El propósito era claro, dinamizar la actividad económica local a través de la rebaja de las tasas de interés en los préstamos que los bancos colocaban entre todos sus clientes. Hasta ahí la teoría, en la práctica lo que se experimentó, fue efectivamente una rebaja en la tasa de interés, ¡pero básicamente para las empresas corporativas!, a los pequeños y microempresarios les llegó apenas este beneficio. Las razones invocadas fueron que el riesgo y la morosidad de prestar a este segmento, no permitían la rebaja. Este argumento no toma en cuenta la marginalidad que es central a la teoría económica: los nuevos préstamos a clientes ya habituales, sí eran factibles de experimentar una reducción en sus tasas. Otro ejemplo es el precio de los medicamentos en las clínicas privadas, donde muchas veces el copago del seguro privado es más caro que adquirir los mismos medicamentos en una farmacia cualquier. Y así podría seguir ad infinitum.

 

Entonces, y, luego de repasar estos hechos, ¿debemos concluir que el mercado no sirve?, los economistas, entre los cuales me incluyo, les contestarán que no; que lo que sucede, es que el mercado local presenta rigideces que impiden una eficiente asignación de los recursos. La solución es simple y efectiva: libre mercado sí, pero con una regulación (¡ojo! no control) inteligente del estado a través de entidades autónomas y de impecables credenciales técnicas. El gobierno de turno tiene la palabra.

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